Un daño irreversible, de Abigail Shrier

Interesante obra de la periodista Abigail Shrier en la que trata un fenómeno  preocupante, cuyo alcance aún no se ha determinado completamente y que, de confirmarse los temores compartidos por la autora, conducirían a una verdadera tragedia.

En un texto de fácil lectura la autora alerta sobre el preocupante aumento de  falsos positivos transgénero que se da entre niñas en edad preadolescente. Este colectivo es azotado con frecuencia con peligrosas tendencias, víctima de la anorexia, bulimia, la autolesión y el suicidio. En el caso descrito por la autora, parecen darse serios agravantes.  

Fruto de una combinación perversa de factores, que si bien individualmente responden a la necesaria protección del colectivo trans, en conjunto aumentan no solo el número de falsos positivos trans sino que además facilita, sin las adecuadas medidas de control, tratamientos que conllevan significativos riesgos emocionales y físicos y que en los casos más severos deja secuelas permanentes.

Aunque la combinación bien pudiera parecer inverosímil, lo cierto es que la terapia afirmativa de género, que hacer recaer en los adolescentes el peso del diagnóstico y excluye cualquier otro evaluación terapéutica, la prescripción de fármacos sujeta únicamente a un requisito informativo y unos protocolos de protección de los jóvenes, que pensados para situaciones marginales, les aislan de sus padres, resultan un mix devastador para la población juvenil. 

De esta forma, si bien aquellos jóvenes que presentan realmente disforia de género cuentan con todas las garantías y facilidades, aquellos en los que la disforia responde a otras razones, se ven arrastrados en una deriva confusa y de elevada componente autodestructiva.

En este punto, las familias afectadas y los profesionales que son testigos de primera mano y que alarmados reclaman más control son pasto del activismo e intereses espurios que amplificados por la virulencia de las redes sociales imposibilitan una análisis adecuado.  

Personalmente encuentro similitudes con otras prácticas médicas, como la terapias de electro/quimio shock o el uso de opiáceos, que llevadas de un optimismo como poco iluso y acientífico, rechazaron no ya reconocer sino siquiera analizar los casos que contradecían sus planteamientos, convertidos ya entonces en doctrina.

En fin, sirva el texto para mejorar las investigaciones que puedan arrojar luz y conducir a una revisión de las terapias y protocolos que garanticen la salud de los adolescentes. 



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